ELIGE TRIUNFAR

decide-triunfarNapoleón Hill dice en su popular “Piense y Hágase rico” que cuando te miras al espejo ves dos personas, tú y tu peor enemigo. Yo agregaría que también puedes ver a tu mejor amigo. Podría decirse que esa es la condición humana: decidir cuál camino seguir y cosechar según lo sembrado.

Ciertamente la persona que llegamos a ser en nuestra vida adulta y la que seremos por el resto de la vida tiene particular influencia desde los tiempos de la infancia, es decir todas las emociones y vivencias experimentadas hayan sido buenas o malas.

Muchos atribuyen sus éxitos o fracasos en la vida a esa época de su existencia, bien sea por la crianza que les dieron sus padres o parientes y la educación formativa que recibieron, pero en este aspecto nadie tiene la última palabra, pues cada caso es diferente. Se sabe, por ejemplo que personas que padecieron indecibles sufrimientos o dificultades en su infancia llegaron a ser personas de bien y muchas veces hasta grandes personajes de la historia. Sucedió con Charles Dickens, el escritor inglés que no obstante haber tenido una dura infancia dejó un valioso legado a la literatura universal.

Lo contrario también ocurre. Personas que nacen en ‘cuna de oro’ al final resultan llevando una vida tan vacía como inútil.

Sin embargo podríamos intentar establecer que ciertos aspectos pueden influir positivamente en la vida de una persona si se siembra oportunamente la semilla del éxito en su mente. Y aquí podemos referirnos a la ‘Parábola del sembrador’, proveniente de la sabiduría sagrada: La semilla dará fruto en forma directamente proporcional al lugar donde se siembre.

Por lo que respecta a los seres humanos, muchos pueden también atribuir los triunfos y/o fracasos de la vida al código genético, es decir a la herencia recibida de generaciones anteriores. Aunque en este aspecto tampoco se ha dicho la última palabra. Recordemos el caso del célebre músico alemán Johann Sebastián Bach, destacado por ser quizás el máximo exponente del período barroco lo que no impidió que se tomara muy en serio aquella recomendación bíblica de ‘creced y multiplicaos’. En efecto, fue padre de nada menos que 25 hijos y paradójicamente sólo tres tuvieron cierto talento para la música, pero ninguno comparable con su prolífico progenitor.

Quizás pasó todo lo contrario con el gran Mozart, cuyo padre era un músico promedio, pero tuvo la sensatez de inculcarle la vocación a su retoño casi desde antes que éste aprendiera a hablar, aparte del inmenso arsenal de genio musical que traía consigo.

Pero la mente humana es muy compleja y ha sucedido también que personas comunes durante largo tiempo en su vida, casi de repente encuentran de forma a veces tardía su verdadera vocación. Paul Gauguin es el ejemplo perfecto. Siendo un próspero banquero, casi cuarentón abandonó su carrera y se dedicó, con alma, vida y sombrero ( y pincel…) a la pintura. De los banqueros la historia cuenta que manejan mucho dinero, se enriquecen y mueren. De los pintores, si son buenos todo el mundo se regocija con su obra y perduran por siempre.

Con todo, debemos ser realistas y admitir que tal vez no pasemos a la historia como grandes personajes de la humanidad, pero sería muy satisfactorio que nuestras generaciones futuras dijeran que tuvieron un pariente que vivió su vida luchando por superar sus defectos y cultivar sus virtudes, esforzándose por hacer siempre lo mejor, buscando nuevas y mejores oportunidades y aprovechándolas al máximo, dejando con ello ejemplo a los suyos.

Esa debe ser nuestra meta en la vida.

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