EL PODER DEL PRESUPUESTO

file6311284659096Eduardo Linares parecía una persona común y corriente. Un joven trabajador y sencillo. Poco a poco lo fui conociendo y me sorprendió saber que a sus 24 años ya era millonario por sí mismo. ¿Cómo lo consiguió?  Me dijo que desde que encontró su primer trabajo, a la edad de 18 años, se había dedicado a ahorrar cuanto podía y con ayuda de un presupuesto riguroso se propuso gastar únicamente en lo necesario.

También me comentó que había estudiado los hábitos de consumo de sus compañeros de trabajo y descubrió que la gran mayoría de las personas, al margen de su nivel de ingresos laborales, se dedica a gastar frenéticamente todo lo que reciben.

Cuando las circunstancias se lo permitieron, Eduardo compró su primer apartamento en 18 mil dólares, le hizo algunas reparaciones y luego pudo venderlo en 100 mil dólares. Posteriormente siguió invirtiendo en el mercado inmobiliario hasta amasar una fortuna considerable.

Quizás no todo el mundo pueda comenzar tan joven, ni vivir en los Estados Unidos, ni repetir la hazaña en la actualidad – en este mismo país –

debido al impacto que sobre los precios de la vivienda tuvo la severa y prolongada recesión que, aun al momento de prepararse este escrito, no presenta señales de conjurarse como esperamos, pero una cosa sí es cierta: podemos rescatar la enseñanza que representa  llevar un presupuesto y practicar el hábito de ahorrar, además de hacer esfuerzos por buscar oportunidades para invertir con inteligencia y sagacidad.

Una de las mejores formas de tomar control del flujo de dinero que recibimos es llevar un presupuesto de manera planificada y con disciplina.

En síntesis, un presupuesto consiste en una valiosa herramienta para administrar adecuadamente recursos económicos, tomando como base el monto de las fuentes de todos los ingresos disponibles y poniéndolo por escrito con fecha incluida.

Enseguida se relacionan una a una las deudas mensuales tales como hipoteca o renta, cuota de vehículo, tarjetas de crédito, etc. Igualmente debe hacerse con los gastos, que pueden clasificarse en fijos como alimentación, seguros , gasolina, y variables, como servicios públicos.

Lo ideal sería que, una vez descontados todos los pagos, por concepto de deudas y gastos de diversa índole, pudiéramos contar con un saldo a favor, el cual sería altamente deseable convertir en un ahorro permanente para cimentar la libertad financiera a largo plazo, por medio de posteriores inversiones, recordando que no hay que poner todos los huevos en la misma canasta.

Comentarios
  1. Alicia
    • Sixto Gómez

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