EL ALTO PRECIO DE LOS EXCESOS

 

adrian hernandez comcel

Adrián Hernández nació en Chihuahua, México. Hijo de un albañil, que lo golpeaba, a veces sin compasión,  creció en medio de la pobreza y así forjó su olfato para los negocios. De niño se rebuscaba con juguetes viejos, que pintaba y los arreglaba para cobrar a sus amigos por arrojarles pelotas de trapo para derribarlos. Alquilaba revistas de cómics, vendía helados caseros y ayudaba a su padre en la difícil tarea de la construcción a temprana edad, pero además sacaba las mejores notas en la escuela. No obstante su pobreza franciscana, siempre se las arregló para leer vorazmente, desde La Odisea y El Principito, hasta las biografías de Napoléon, Ford, Churchill, entre muchas otras, de cuya sabiduría exprimió lecciones  estratégicas que le serían muy útiles años después en su vida profesional.

Trabajando en la construcción, junto a su padre, Adrián estudió en la Universidad Autónoma de Chihuahua y se recibió como Contador Público, lo que le abrió un nuevo panorama a su futuro. Consiguió trabajo en una empresa pequeña, ya lejos de los rudimentos propios de la vida de albañil. Después se desempeñó como profesional independiente, llevando la contabilidad de pequeñas empresas, hasta que un conocido le abrió una puerta que lo proyectaría lejos. Fue reclutado para trabajar en el área administrativa de una incipiente empresa de telecomunicaciones en México(Telcel), cuando Carlos Slim, su patrón, incursionaba en el  negocio que lo convertiría años después en el número uno de la lista Forbes.

La oportunidad de su vida  llegó cuando, inesperadamente , ninguno de sus superiores inmediatos  se encontraba disponible para atender una cita con los directivos de más alto nivel, y  Adrián se vio sentado en una elegante sala de juntas, rodeado de señoritos que habían estudiado en las más prestigiosas universidades del mundo, vestían trajes de marca y despedían un penetrante aroma  a arrogancia pura. Pero, a partir de ese momento, todos supieron de qué estaba hecho Adrián Hernández. Estuvo en desacuerdo con casi todo lo que se expresó allí y presentó su punto de vista sin titubear. Su notable franqueza , sus ideas audaces y su irreverencia llamaron poderosamente la atención del “dueño del aviso”, el encopetado Carlos Slim, quien lo designó para implementar sus planes de expansión por el continente. Al principio lo envió a Guatemala, a dirigir la primera operación de América Móvil por fuera de territorio mexicano. Allí hizo maravillas con pocos recursos, entonando la música que más encanta a todo capitalista que se respete: invertir poco y ganar bastante. Así  demostró  que era factible conquistar las telecomunicaciones latinoamericanas.

Fue en ese momento cuando lo designaron para trabajar en Colombia donde prácticamente tuvo que reinventar la empresa; implementó nuevos procesos, modernizó las  infraestructuras,  rediseñó las prácticas corporativas y hábilmente estableció una poderosa red de distribuidores  que le ayudó en la vertiginosa expansión en el mercado colombiano.

Habiendo llegado a la cumbre, preso de la vanidad y arrogancia propias de las mieles del poder, se creyó el cuento de que era el mejor y dedicándose a celebrar acompañado de mujeres bellas, lujos excesivos, hoteles de cinco estrellas y presa de la soberbia, la vida le comenzó a pasar factura. Su desplome comenzó cuando fue acusado de malos manejos financieros y decidió retirarse aceptando un plan económico que le pareció razonable. El problema fue que había firmado contrato con una cláusula que le impedía volver a trabajar con empresas de telecomunicaciones durante cuatro largos años.

Confiado, resolvió darse un tiempo de merecido descanso que se prolongó hasta casi evaporar su jugosa liquidación. Viajó por el mundo a placer  con su esposa, despilfarrando su dinero en hoteles de lujo y, para su desgracia, una mañana de elegante desayuno en el Hotel Ritz de Paris, comenzó a sentir los rigores de mal de Parkinson, cuyos temblores iniciales corroboraron que padecía la enfermedad, luego de los respectivos exámenes médicos a su regreso a Colombia.

Su salud se fue minando poco a poco, y ya caído en desgracia, tanto sus otrora cercanos amigos como  su familia comenzaron a retirarle sus afectos, ocasión que aprovechó su esposa para asegurar su parte y poner pies en polvorosa, de regreso a su México natal. Enfermo y empobrecido, cayó en la pobreza absoluta y tuvo que vivir unos meses en una miserable pensión de una peligrosa zona del centro de la capital colombiana.

Las medicinas que tomaba, junto con una desastrosa dieta de gaseosas y galletas, terminaron por minar su salud al punto que su corazón no resistió más y fue encontrado sin vida, a sus 54 años, por una empleada temporal que aseaba su pequeña vivienda. Paz en su tumba.

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